Capítulo II: Las auroras boreales existen

La mañana se levantó despejada. Fue algo sorprendente pues, aunque la previsión daba unos cielos sin nubes, no imaginábamos que podríamos encontrarnos días tan buenos en Islandia. Eso sí, sospechábamos que pocos cielos como ese volveríamos a ver en los próximos días, e, incluso, ese mismo día allí donde íbamos a ir cuando dejáramos la península de Snæfellsnes. Por eso pensamos que lo mejor sería disfrutar de ese maravilloso día y recorrer la península antes de abandonarla.

Una vez hubimos recorrido la península, nos pusimos rumbo a nuestro siguiente destino: Selfoss y alrededores. A pesar de que la distancia que debíamos recorrer no era como para morirse, teniendo en cuenta que en Islandia no vimos muchas autopistas, 300 km se pueden hacer bastante largos, más aún si no conoces las carreteras, si tienes que ir pendiente de GPS, si vas contemplando el paisaje, etc. Así que decidimos tomárnoslo con tranquilidad y que llegáramos a nuestro destino cuando tuviéramos que llegar.

Cuando planificamos el viaje en Madrid, sabíamos que este segundo día íbamos a ir a una zona en la que, a pesar de que habría bastante que ver, tendríamos que descartar algunos puntos de interés por falta de tiempo y porque estarían más alejados de donde íbamos a dormir. Esto hizo que tuviéramos que descartar aquellos que menos nos atrajeran o los que estuvieran más a desmano. Por todo ello, redujimos a 2 nuestros destinos fotográficos. Por un lado Gullfoss, unas espectaculares cascadas que aparecen como punto destacado en todas las guías turísticas, y por otro lado Geysir, donde, como su nombre indica, se encuentra uno de esos fenómenos naturales dignos de ver: un géiser.

Tras varias horas de viaje, llegamos al parking de Gullfoss, las impresionantes cascadas. Una vez allí, intentamos buscar un buen encuadre para hacer fotos pensando en que por la noche podríamos regresar si las condiciones eran tales que hicieran que mereciera la pena volver. No conseguimos encontrar un encuadre que nos gustara lo suficiente sin que nuestra seguridad corriera peligro, por lo que más que de fotógrafos, hicimos de turistas con cámara de fotos, y visitamos las cascadas disfrutando de aquél impresionante paisaje.

De vuelta pasamos por Geysir. Allí, en un parque muy peculiar, vimos, a lo lejos, un grupo de personas rodeando una especie de charca de aproximadamente 5 metros de diámetro, así que decidimos acercarnos. El parque tenía pequeños charcos que llamaron nuestra atención. Estos charcos estaban delimitadas por una simple cuerda, y de ellas emanaba agua y burbujas de aire. Por esto mismo, supusimos que el agua estaría poco menos que hirviendo, así que decidimos no saltarnos (somos españoles, barreras a nosotros!) la gran barrera que limitaba el acceso a esas charcas (os lo recuerdo, una cuerda), cuando de pronto un estruendo hizo girar nuestra cabeza en la dirección hacia donde estaba el grupo de personas al que nos dirigíamos. Sí, el géiser había expulsado la mezcla de agua y vapor. 

Sabíamos que la siguiente expulsión sería en cuestión de 3-4 minutos a lo sumo, así que nos pusimos alrededor del géiser, pegados a la barrera que limitaba el acceso a la fuente, colocamos nuestros trípodes y esperamos. Así fue, y pocos minutos después estábamos contemplando, una vez más, cómo el géiser nos mostraba lo vivo que estaba.

Menos de media hora estuvimos contemplando el fenómeno antes de ir al hotel en el que pasaríamos nuestra segunda noche. Como no teníamos muy claro qué podríamos fotografiar decidimos tomárnoslo con tranquilidad, pues prisa no teníamos ninguna. Una vez en el hotel, por cierto, uno con muy buena pinta, Javier propuso hacer uso de un jacuzzi al aire libre. Creo que a César le hizo tanta gracia como a mí al principio: ninguna. Aun así buscamos dónde podía estar el jacuzzi. Finalmente Javier lo encontró y cuando nos dijo dónde lo había encontrado, la pereza que se apoderó de mi cuerpo fue mayor de la que me daba antes. 

Poneos en situación: noche cerrada de noviembre, y se plantea la idea de ponerte un bañador, un albornoz e irte a una zona al aire libre a unos 50 metros de la zona cerrada y caliente del hotel para pegarte un chapuzón. A ver.. esto en verano, en Valencia, podría sonar increíble. Ahora bien... noviembre... en Islandia... una piscina al aire libre?? Sinceramente, no lo veía. Sin embargo, finalmente nos pusimos el bañador y nos fuimos a la piscina. A toro pasado debo decir que de las ideas que se nos ocurrieron en Islandia, la idea de Javier fue, sin dudarlo, de las mejores, si no la mejor. La sensación de estar metidos en un jacuzzi con agua caliente al aire libre, en un sitio como Islandia (frío, mucho frío, no lo olvidemos), y contemplando un cielo estrellado (el hotel estaba bastante alejado de sitios con contaminación lumínica) es ALUCINANTE. La noche empezaba bien.

Una vez decidimos salir del jacuzzi y vestirnos, nos fuimos a cenar a Selfoss. Esa noche llevaba yo el coche cuando, de camino a Selfoss, en un momento determinado, escuché a Javier, que iba en el asiento trasero, gritar: "¡Una aurora!". Yo pensé "Ja, ja, ¡qué gracioso!" A continuación escuché a César gritar: "¡Una aurora!" y pensé.... "Mmm... ja... ja... ¿qué gracioso?". Cuando escuché "¡Para!", me di cuenta de que no era una broma, así que paré el coche en plena carretera (por suerte no venían coches) y nos bajamos del mismo en una abrir y cerrar de ojos. Ahí estaba. Eso sí era una aurora boreal. Por fin sabíamos lo que eran esas luces y eso bien merecía estar un rato contemplándolo. Poco después estábamos con los 3 trípodes pegados a la cuneta o en plena carretera intentando llevarnos un recuerdo de esa primera aurora. Además, ese momento había que inmortalizarlo con nosotros en la foto, así que posamos frente a la cámara de César. Aquí tenéis el recuerdo de aquél momento.





Tras el rato de subidón seguimos nuestro camino hacia Selfoss. Allí nos metimos en un KFC y estuvimos comentando la jugada de hacía pocos minutos. Creo que a todos nos sentó muy bien esa noche el pollo del KFC. Estábamos contentos porque por fin habíamos visto una aurora y porque, además, habíamos podido fotografiarla. Una cosa que no sabíamos era que ese no sería nuestro último encuentro con las auroras boreales en esa noche.

Cuando terminamos de cenar nos montamos en el coche y decidimos acercarnos a ver una iglesia que en el camino a Selfoss habíamos visto. 

Algo que nos pareció muy curioso cuando planificamos el viaje a Islandia es la cantidad de pequeñas iglesias repartidas por el territorio islandés y sus formas tan características. Así que localizamos las coordenadas de algunas de ellas, y nos acercamos a otras que íbamos encontrando en nuestro camino. Esta que os muestro a continuación es un ejemplo de ello. En ella podéis ver que, además de una luna importante, el cielo tomó un tono verde debido a las auroras boreales que esa noche nos acompañaron.

Los datos EXIF:

mara: Canon 6D 

Focal: 14 mm 
Exposición: 20 sg 
Apertura: f/2.8
ISO: 800




No acabamos aquí la noche. Nos acercamos a Geyser y a Gulfoss de nuevo y allí seguimos tirando fotos.

Está claro que esa noche fue diferente. Fuimos a Islandia con muchas intenciones, y, además, con la esperanza y el deseo de poder ver una aurora boreal. Cierto es que intentamos no obsesionarnos con ello, y creo que lo conseguimos, pero no menos cierto es que en nuestra cabeza estaba presente el deseo de poder ver esas trazas verdes en el cielo. Esa noche, por fin, pudimos ver ese deseo cumplido. No sabíamos si volveríamos a volver a vivir un momento así en nuestro viaje, pero al menos ya podríamos decir qué aspecto tienen las famosas Luces del Norte. 

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